La colita blanca

“¿Por qué las liebres tienen la colita blanca?”
Una liebre jugó y brinco en los prados durante todo el verano, feliz y dando volteretas. Sin embargo, al llegar el invierno que cubrió los campos con nieve, y cuando el Sol casi ya no brillaba, el conejito se retiró a su refugio, acolchado con hojas secas y pasto.

Colocando la nariz entre las patitas, el conejito se había acurrucado para poder dormir, hasta la llegada de la primavera. Sólo cuando el hambre le molestaba demasiado, dejaba su madriguera para regresar rápidamente cuando la barriguita estaba otra vez llena.

Un día la liebre soñó que se le acercaba un Ángel, que suavemente le tiró de las largas orejas, hasta despertarle. Y le susurró algo. El conejito abrió los ojos y miró hacia todos los lados. Ya no podía ver al ángel, pero claramente recordaba sus palabras. “Dos pobres personas han perdido su camino en la nieve. ¡Corre y ayúdalos!, tu nariz te guiará con seguridad.” ¡Y así sucedió! No muy lejos la liebre los encontró: eran un hombre y una mujer junto con un burrito.

El hombre buscaba su camino, que había borrado la nieve, sin poder encontrarlo. Sin embargo, la liebre oteaba en el aire el humo que venía de las chimeneas de un pueblo cercano, invisible por una loma. Rápidamente atravesó la nieve para llegar a María y José, y levantándose ante ellos a dos patitas, empezó a brincar en dirección al pueblo.

Cuando se giró para ver si lo seguían, vio que todavía estaban en el mismo lugar mirándolo asombrados.
Entonces regresó hacia ellos, se puso otra vez en postura, hizo una voltereta tras otra, de tal modo que formó un pequeño sendero en la nieve. En ese momento María y José comprendieron lo que éste les quería mostrar y lo siguieron. Saltando y brincando, la liebre los guió hasta el pueblo que empezaba a divisarse. Entonces la liebre se detuvo y movió alegremente sus largas orejas.

¡Cómo se alegró cuando José le dio las gracias! ¡Y todavía más feliz se sintió cuando María se inclinó, lo acarició y le sacudió la nieve del pelo! Lo hizo con mucho cuidado, solamente en la colita quedó un poco de nieve. Por esta razón la colita se mantuvo blanca, cuando el conejito regresó a su caliente refugio.

Sin embargo, cuando en la primavera se había derretido la nieve, la colita permaneció blanca, y así es hasta ahora, en memoria de aquella liebre que había guiado a María y José através de la nieve