Ecos y sonidos del barrio

Por Laura Aguilar Ramírez

Era de mañana, casi al amanecer. Benito salió de su casa como cada día desde hacía 14 años. Al pasar por la vieja iglesia, cerrada a ésas horas, se persignó como hacía todos los días, como le había enseñado su madre desde pequeño. Sus padres caminaban a su lado, empujando entre los dos, una pequeña carreta con un tambo con tamales recién hechos y una olla de la que escapaba un delicioso aroma de champurrado. 

 Poco a poco iban dejando las casas humildes de su barrio, donde los perros dormían plácidamente afuera de las casuchas de cartón o de lámina. Caminaban con cuidado para no resbalar en la tierra húmeda y caer en los charcos que la lluvia nocturna había dejado. Por la tierra, corrían pequeños ríachuelos; corrían por zurcos que las personas hacían, tratando de evitar se anegaran sus casas.

A Benito le gustaba su barrio. En él había nacido y crecido. En él había jugado con sus padres entre los juncos y nadado en el río que corría entre árboles. El barrio adonde se dirigían, le atemorizaba, parecía querer devorarlo.

Su madre se quedó en una plazuela en la que diariamente ofrecía sus tamales. Era conocida por su buen humor y por la bondad con que trataba a todos.

Su padre y él, continuaron su camino. Iban silenciosos, cada uno concentrado en sus propios pensamientos.
Pasaron la avenida que separaba su barrio humilde de aquel al que se dirigían. Atravesaron ésa avenida grande y en ése momento, solitaria. Pronto empezarían a circular por ella automóviles, camiones y ése pequeño lugar de la gran ciudad tomaría vida, una vida bulliciosa.

Su padre se quedó en el mercado recién abierto. Benito se quedó por unos minutos viéndolo hasta que desapareció entre los puestos de verduras, de carne, de alimentos, ayudando a los vendedores a cargar sus bultos, sus mercancías, ofreciendo sus brazos y hombros para cargar. Algunos le pedían les ayudara a barrer o a acomodar las frutas.

Benito sabía que al terminar ésas tareas, su padre se dirigiría a la misma plaza donde había quedado su mamá, para ahí, en una esquina, ejercer su oficio.

Y con pasos lentos, continuó su camino. Su madre levantada más temprano que él, había preparado los tamales, mientras su padre preparaba el champurrado. Benito tenía 2 hermanos. El ayudaba a sus papás a cuidar y alimentar dos gallinas que les proporcionaban huevos y que insistían en querer salir volando por entre la malla de su gallinero. Eran sus amigas al igual que un gallo que cantaba cuando menos se lo esperaba, haciéndolo reir.

Finalmente, llegó al lugar de su trabajo. Llevaba con él un pequeño carretón de madera, que su padre había hecho y adaptado para él. En ése carretón, Benito llevaba cueros, martillo, clavos, pegamento, zuelas, tintas de colores, un cuchillo curvo para cortar y zapatos de todos colores y de todo tipo: botas, zapatillas de tacón, zapatos de niño, de niña, etc.

Si. Adivinaste. Benito era zapatero. Todos los días lo podías encontrar cerca de la parada del camión con su carretón. Sentado en un banco sobre la banqueta en la cual extendía sus herramientas y trabajaba.

Al llegar, antes de instalarse, Benito barría la banqueta de la casa de la persona que le permitía instalarse ahí y de varios negocios cercanos. Su madre le había enseñado a ser servicial y acomedido.

A Benito le gustaba su trabajo. El oficio de zapatero se lo había enseñado su padre, quien a su vez, lo había aprendido del suyo, allá, en su viejo pueblo de Guanajuato. Su abuelo vivió en León, Guanajuato. Su familia tenía terrenos y se dedicaban a sembrar, mientras otros fabricaban zapatos de manera artesanal. Eso le platicaba su padre, mientras le enseñaba su oficio. Su padre recordaba con mucha nostalgia su infancia. Le decía que algún día regresarían allá, que comprarían un terrenito y sembrarían y tendrían vacas y gallinas como sus bisabuelos. Brillaban los ojos de su padre cuando le contaba sus planes. Gran parte de lo que ganaban, lo ahorraban para cumplir su sueño.

 El padre de Benito había salido de su pueblo, llevado por el sueño de muchos: conquistar la gran ciudad, ir, trabajar, juntar dinero y regresar. 
El abuelo de Benito había muerto trabajando duro en una ciudad perdida, nacida en lo que había sido un basurero. Poco a poco, sus sueños se habían apagado, devorados por la pobreza. 
Había salido con tanto ánimo. En la ciudad conoció a una mujer, se enamoró de ella, tuvieron un hijo, el papá de Benito. Pero ésa mujer lo abandonó, cansada de la pobreza, dejando al papá de Benito en brazos de su padre.

Mil y una batallas pasó entonces su abuelo. El viejo oficio de su familia, le sirvió para sostener a su hijo. Nadie aceptaba a un hombre llevando a un niño, nadie le daba trabajo.
Ese tesón de su abuelo, era el mismo que sostenía al padre de Benito y a Benito mismo.

Pero un día, su mundo se derrumbó. Un camión había atropellado a Benito y a sus padres cuando regresaban a su casa. Iban caminando por la banqueta, cuando un camión los arrolló subiéndose a la banqueta. Era conducido por un joven que manejaba con rapidez, tratando de ganarle a un camión de una línea que recién había iniciado su labor. La ciudad crecía a pasos acelerados por ésos rumbos y poco a poco iban llegando nuevas personas.

En su loco conducir, había perdido el control y arrolló a Benito y a su familia. Sus padres perecieron y Benito quedó lisiado.

A partir de entonces, Benito recorría el camino sólo, sostenido por unas muletas. Su toc toc, clap clap sonaba en la tarde por la solitaria y callada calle por la que emprendía el camino de retorno a una casa que ahora le parecía tan vacía y fría.

Sus hermanos se fueron del hogar. Su hermana conoció a un muchacho y vivía con él. Su hermano había tomado rumbo al norte, llevado por un sueño.

He olvidado decir que Benito había nacido con una pequeña deformidad en la espalda. Deformidad que no le impedía ser feliz, porque su madre le había dicho que para Dios no existía ninguna deformidad que le impidiera amar a sus hijos.

Ahora sólo ésa idea lo sostenía. Ir a estar cerca de sus padres, los extrañaba tanto, se sentía tan sólo, tan poco amado.

Así lo gritaba por las tardes, después de trabajar, cuando creía que nadie lo veía, ni lo escuchaba. Gritaba su dolor y grandes lágrimas corrían por sus mejillas.

El barrio donde trabajaba era una colonia de grandes casas, donde las personas no tomaban camión, sino salían en carros. Era la única vez que los veía desde su puesto de trabajo. Eran las sirvientas las que le llevaban los zapatos de la familia para que los reparara o lustrara. Sólo los trabajadores de los negocios lo saludaban y conversaban con él a veces.

Cuando ésos negocios cerraban, la calle quedaba sóla y callada. Como una tumba, según pensaba Benito. Pocas personas pasaban caminando por ésas aceras, pocas personas se detenían a verlo. Y menos a hablarle. Las sirvientas eran también hostiles y secas, como si la pedantez de sus patrones se les pegara como piel.

A nadie le importaban sus gritos, su dolor. Podía llorar sin que a nadie le importara.

Sin embargo, Benito no se dió cuenta de una pequeña niña que lo miraba con tanto amor, a la que sus gritos lo conmovían. Ella, al igual que él, se sentía sóla, ignorada. Ella lo entendía y lo veía alejarse con su clap, clap.

Ella le sonreía cuando pasaba a su lado, pero él no la miraba. Tan lleno estaba de dolor. Ella hubiera deseado tener zapatos que llevarle a arreglar, pero los suyos eran de plástico y no necesitaban arreglo.

Era una niña blanca, de pelo dorado. Que cada día dudaba en acercarse o no a él para hablarle. Un día lo hizo y él la rechazó mirándola con desdén. Ella era tan parecida a las niñas que pasaban en sus carros sin mirarlo siquiera, que pensó se acercaba a burlarse. Y no necesitaba burlas.

Así, dos almas sólas se encontraron, pero el dolor no permitió a Benito ver más allá del color de la piel.

Sucede muchas veces que Dios, oyendo tus gritos, llantos y súplicas envía a alguien como respuesta. Pero el dolor, el resentimiento, el sufrimiento han llenado tanto el corazón que los ojos no son capaces de reconocer al enviado.