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La escoba que barría sola


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Había una vez un muchacho llamado Nicolás que vivía con sus padres en una casa en medio del bosque. Nicolás se pasaba el día con sus juegos y sus libros, o paseando por el bosque, y no ayudaba nada a sus padres.

Un día, cuando Nicolás volvió a casa, se encontró una nota que decía: “Mantén la casa limpia hasta que volvamos. Si no lo haces, la casa desaparecerá”.

Nicolás se asustó mucho al leer la nota. No quería quedarse sin casa, pero no tenía ni idea de qué hacer para mantenerla limpia.

Mientras pensaba por dónde empezar a limpiar alguien llamó a la puerta. Cuando Nicolás abrió, una chica con pinta de bruja se coló dentro.

-¡Eh! ¿Dónde vas? ¿Qué quieres? -dijo Nicolás.


-Ayúdame, me persiguen -dijo la chica-. Guárdame esto y no digas que me has visto. Y por nada del mundo uses lo que hay dentro.

Dicho esto, la chica le dio una caja estrecha y larga y salió por la ventana.

Nicolás no podía con la curiosidad y abrió la caja. Dentro había una escoba que, en cuanto vio la luz, se puso a bailar sola, barriendo de paso todo el polvo y la suciedad del suelo.

-¡Fantástico! -dijo Nicolás-. Problema resuelto: ya no tendré que limpiar.

Nicolás se tiró en el sofá y se quedó dormido. Pero cuando despertó se llevó un susto terrible.

-¡Oh, no! ¡La casa está desapareciendo! -gritó.

La escoba no había parado de barrer en toda la noche, pero nadie había recogido la suciedad que se había amontonado a los lados. Y, para colmo, de tanto barrer, la escoba se había comido el suelo de la casa, cavando un hoyo que ya tenía medio metro de profundidad.

Nicolás se puso a llorar, sin saber qué hacer. Justo en ese momento llegó la chica que le había dejado la caja con la escoba.

-¡Te advertí que no debías usar lo que te dejé! -dijo la chica-. ¡Mira la que se ha liado!

-Lo siento, pero no pude aguantar la curiosidad y, al ver que la escoba barría sola me alegré muchísimo -dijo Nicolás-. Pero tú eres bruja, ¿no? Seguro que puedes arreglarlo.

-Puedo hacer que la escoba pare. También puedo arreglar el suelo, pero nada más -dijo la bruja.

-Si la casa está sucia desaparecerá -dijo Nicolás.

-Entonces no hay problema, yo arreglo el estropicio de la escoba y tú limpias la casa -dijo la chica-. Ahora calla, que si no el conjuro no valdrá.

La chica se concentró y dijo las palabras mágicas:

-Catapún chimpún, deja de barrer al tuntún.

Y la escoba se paró.

-Mis padres volverán pronto -dijo Nicolás.

-Pues ya puedes darte prisa. Gracias por todo -dijo la chica mientras se montaba en la escoba y salía volando.

Nicolás cogió una escoba y se puso a barrer. Cuando terminó, cogió un trapo y limpió el polvo. Después limpió los cristales, las puertas y las lámparas. Entonces, oyó un ruido en la cocina.

-¡Tengo que fregar los cacharros! -chilló, pensando que la casa empezaba a desvanecerse por todo lo que había en el fregadero.

Pero eran sus padres, que habían entrado por la puerta de atrás y estaban descargando la compra.

-¡Qué susto me habéis dado! -dijo Nicolás-. Pensé que la casa empezaba a desaparecer por aquí.

-¿En serio te has creído la tontería de la nota? -dijo su madre.

-Pero si yo mismo he visto cómo desaparecía la casa -dijo Nicolás-. Si no llega a ser por la bruja esa y su escoba mágica…

-No digas tonterías -dijo su padre-. Tanto hacer el vago te ha hecho perder el juicio. Por cierto, me he encontrado una chica que me quería vender una escoba que barre sola. ¿Quieres una?

-No, no, papá, gracias. Barrer resulta ser un ejercicio muy gratificante.

Desde entonces, Nicolás ayuda a sus padres en todo lo que puede. No tiene muy claro si soñó con la escoba que barría sola o si de verdad vivió todo aquello, pero eso poco le importa.

Además, Nicolás ha aprendido que si llaman a la puerta hay que preguntar siempre quién es y no abrir a desconocidos, que nunca se sabe quién se puede colar en tu casa o qué cosas raras puede traer.
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