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El baile del cisne

En un país lejano, donde un lago se extendía, abundaba habitaba una hermosa muchacha.
Era linda, trabajadora y muy solícita con los demás.

Con su alegre voz parecía llenar de color todos los lugares por los que pasaba. Sus diminutos pies danzaban sobre el piso como si no lo tocara. Era graciosa, como si fuera un hermoso cisne deslizándose por el agua.

Un bello cisne la veía desde lejos, sus ojos recorrían su cuerpo juncal, disfrutando de la belleza que delante de ellos se exponía.


Poco a poco, el ritmo de su danza fué inundando las patas del cisne y se encontró de pronto danzando también.

La danza fué volviéndose un canto al amor y terminaron unidos en un beso inolvidable.
El mundo pareció detenerse en ése momento y nada más importaba.

Por lo menos así recordaba la historia el ahora marido de la linda muchacha.

Ah, qué tiempos aquellos en que sus pies danzaban al mismo ritmo.

Poco a poco, la vida se fué abriendo paso. Llegaron los hijos. Y con cada uno de ellos, una nueva aventura que vivir.
Cada uno fué llenando con su alegría la casa. No faltaron nunca los problemas:
"La nena tiró el jarrón"-decía el marido
"Ay, pues que levante lo roto"-contestaba ella, mientras cocinaba una rica cena.

Y allá iba el marido a decirle a la nena que no se preocupara, que el jarrón no importaba, que ya comprarían otro.

"El nene no entiende la tarea"-decía el marido
"Ay, pues enséñale tú que para éso estudiaste más que yo"-contestaba ella, mientras limpiaba la casa.

Y allá iba el marido a decirle al nene que no se preocupara, que nada más sencillo que sumar dos más dos. "A ver dame la manita y lo podrás ver"

Desde lejos la ahora ocupada madre, sonreía feliz viendo cómo su marido ayudaba a sus hijos, admiraba la ternura con la cual los tapaba por las noches: disfrutaba viendo cómo su marido jugaba con ellos futbol. Se deleitaba escuchando sus risas mientras brincaban felices.

Ella sabía que su marido necesitaba sentirse necesario para alguien y que su corazón estaba lleno de amor que a nadie parecía importarle. Así que permitió siempre que lo desbordara sobre sus hijos.

Lo amaba como sólo las mujeres como ella podían amar. Y es que pareciera que hay sólo una manera de amar, ¿verdad? pues no.
Cada uno tiene su propia forma de entregarse al otro. Quien ama realmente, entrega al otro lo mejor de sí.

Esta mujer no era sólo bella, también era sabia, con la sabiduría que da el amar a alguien y percibir lo que ése alguien necesita.

Ahora, a la distancia del tiempo, cuando las hojas de los árboles han caído tantas veces y tantas otras han sido recogidas. Cuando los pétalos de las rosas han caido y otras han vuelto a llenar su sitio, mira con amor el hermoso jardín que las manos amorosas de su mujer sembraron.
El sabe que a ella le gustaría que lo siguiera cuidando con todo el amor con el que lo ha hecho hasta ahora.

Levanta sus manos, toma su manguera y continúa su labor hasta el día en que Dios quiera. Su corazón está tranquilo. Ha aprendido que en las cosas sencillas se demuestra las grandezas del alma.

Los atardeceres que se pintan sobre la nieve de los volcanes, le recuerdan el gran amor de aquella que ha partido antes que él,, pero que permanece a su lado como el primer día, como el primer baile de amor.





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