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La villa de los potros

Dedicado a Carmen Isaura Delgado Otalora, una buena mujer.

Habia una vez... Si... no puedo dejar de empezar como en todos los cuentos clásicos aunque pretendo no ser tan cláica en mis cuentos.
Bueno. Te decía.
Había una vez un pequeño pueblo en donde nada parecía suceder. Siempre era lo mismo. Los hombres trabajaban, las mujeres atendían sus hogares.
En uno de ellos, vive una mujer sencilla, dulce y amada por todos sus vecinos, pues es muy servicial.

Su esposo, es un hombre sencillo y bueno, querido por todos sus vecinos.

Cada día él sale temprano a su trabajo y ella empieza con sus labores cotidianas. Lavar la ropa, asear la casa, preparar los alimentos. Todo como siempre.

Isadora, que asi se llama ésta mujer tiene una vecina enferna, a la cual visita constantemente. Le lleva sopa caliente, una frazada y un poco de conversación tratando de aligerar un poco su enfermedad.

Es una vecina a la que quiere mucho porque cuando su familia y ella eran recién llegados al barrio en que viven, la trató con amabilidad a diferencia de los demás vecinos que se portaban hosca y hasta groseramente con ellos.

Un día al salir de la casa de su vecina, se encontró con un potrillo parado enfrente de la puerta. Se quedó sorprendida porque en ése barrio no había caballos. Se preguntó qué hacía un potrito ahí y quién sería su dueño. Regresó a preguntar a su vecina si era suyo y le dijo que no, que ni siquiera lo había visto antes.

Al salir, el potrillo ya no se encontraba.
Volvió a verlo de nuevo cada vez que visitaba a su vecina. Al entrar lo veía, pero al salir ya no se encontraba ahi. Cada vez se sentía más intrigada.

Su vecina, al igual que ella se preguntaba qué estaría pasando. Un buen día, su vecina se decidió a salir a ver al famoso potrillo del que le platicaba tanto Isadora.
Al salir, se encontraron con él, parado enfrente de la puerta. Se mostraba tranquilo y las miraba cariñosamente. Se animaron a tocarlo y a acariciarlo. Era muy hermoso, con una mancha en la frente que parecía un lucero. Le pusieron "Lucero" a causa de ésa mancha.

La vecina de Isadora empezó a salir diariamente a alimentar al potrito, a acariciarlo. Ya no se preguntaba de quien sería, sólo le gustaba atenderlo y ver lo agradecido que era el animalito, pues antes de retirarse agachaba su cabeza y la alzaba inmediatamente. Sus crines se levantaban al viento y relinchaba y coceaba feliz.

Isadora se sorprendió mucho cuando tocaron a su puerta y al abrir, vió a su vecina llevando al potrito. Le dijo que lo llevaba a pasear para que ejercitara sus piernas.
Cada día, la vecina de Isadora llegaba con el potrito.

Isadora se decidió a acompañarla para llevar a "Lucero" a pasear y pronto todo el barrio empezó a ver a dos mujeres caminando muy contentas, al lado de un hermoso potro.
"Lucero" se quedó en casa de Do♫a Cari que era como se llamaba la vecina de Isadora. Le acondicionaron un espacio en el patio.

Dos semanas después, un señor tocó a la puerta de Isadora preguntando por un potrito con las mismas caracteristicas de "Lucero", dijo ser su dueño y que se había salido de su propiedad, que lo había estado buscando y una persona le informó haberlo visto en ésa calle.
Por un momento, Isaddora sintió pena por su vecina, pues era un persona sola y el potrillo le había dado una razón para vivir. En tan poco tiempo, se había encariñado con él y su buen humor había regresado.

Por un momento pensó en negar haberlo visto, pero finalmente decidió decir la verdad a pesar del dolor que le causaría a su vecina.
Le explicó al dueño del potrillo la situación de su amiga y le pidió ser ella quien le dijera que había encontrado a su dueño y que tendría que entregarlo.

Se dirigieron con Doña Cari y la encontraron alimentando al potrito. Cantaba alegremente y conversaba con él, mientras lo acariciaba. Parecía una niña feliz.
Isadora se dirigió hacia ella y le dijo que el dueño de "Lucero" había aparecido y cuando estaba a punto de decir que tendría que entregarlo, Don Tobias que así se llamaba el señor, la interrumpió diciendo:
"Veo que "Lucero" ha encontrado un hogar muy bello. Le agradezco mucho Doña Cari por el cuidado que le tiene. Quisiera poder dejarlo con usted, pero debo llevarlo al lado de su madre para que ella lo atienda pues aún necesita el cuidado de la yegua- Sin embargo, si me permite hacerlo y si lo desea, cada día enviaré a alguien para que la lleve a verlo".

Doña Cari se entristeció un poco, pero comprendió que era lo mejor para el potrillo y accedió al trato, agradeciendo la amabilidad de Don Tobias.
Y así, cada día iban por ella para llevarla a la propiedad de Don Tobías, que era en realidad un espléndido rancho con muchos caballos. Don Tobías era viudo. Había enviudado hacia 2 años y el cuidar de sus animales le ayudaba a soportar su pena.

Isadora dejó de ver a su vecina tan frecuentemente, pues cada vez pasaba más tiempo en el rancho que se llamaba "Villa de los potros". Aprendia poco a poco, a cuidar de los animales, apendia el modo de alimentarlos y hasta aprendió a montar, cosa que nunca creyó posible hacer.

Isadora se sorprendió mucho, cuando al cabo de dos meses vió a Doña Cari. Parecía distinta, mucho más joven y vivaz. Y casi se cae de la silla, cuando le comunicó la noticia de que Don Tobías le hacia la ronda.

Al cabo de un año, Don Tobías y Doña Cari se casaron y ambos vivian en La villa de los potros, cuidando de sus animales. Pör supuesto que Isadora no perdía la oportunidad de visitarlos cuantas veces podía junto con su marido.
Se hicieron muy buenos amigos.

Y todos se alegraron mucho cuando Isadora que durante un tiempo había deseado mucho tener un hijo y no había podido hacerlo, les comunicó la feliz noticia de su pronto alumbramiento.
Don Tobías y Do♫a Cari se ofrecieron a ser padrinos del bebé que naciera.

Y cuando llegó el momento del nacimiento del bebé, recibieron a una bella nena a la que pusieron por nombre Lucero en honor del potrillo, gracias al cual Doña Cari había vuelto a la vida e Isadora con ella.
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