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Un alma perdida en el bosque


Erase una vez, en el hermoso país de la ilusión 3 pequeños niños.
Tiernos, alegres, con la alegría que da la inocencia.

Vivían con su madre, quien los amaba mucho. Tanto que por ellos hubiera dado la vida.
Sin embargo, sin saberlo su madre los sumió en un pozo negro, negro al que no llegaba la luz.

En su amor tan grande, quiso esconderlos de cualquier cosa que pudiera dañarlos. Quiso conservar su inocencia, quiso que vivieran una vida sin sufrimientos, que no vieran el mundo que según sus ojos estaba lleno de suciedad.

Los encerró en una torre de marfil, en donde no pudieran observar el mundo. Un mundo que a sus ojos estaba sucio, corrompido.

No podía ver lo hermoso que Dios ha puesto en éste mundo; sus ojos estaban llenos de podredumbre y quería que sus hijos no vieran ésa podredumbre.

Escapaban a sus ojos el color de las flores, el olor de la tierra recién mojada, el ruido de la lluvia al caer, la inmensidad del cielo, la hermosura de las estrellas, la belleza de las nubes y de las montañas. Y sobre todo, escapaban a sus ojos la bondad de las personas, el amor de las personas;

El amor que puede trasmitir un dibujo hecho por las manos de su hijo.
El amor que se refleja en una fotografía.
El amor que puede trasmitirse através de un abrazo.
El amor que puede trasmitirse através de una mirada.
El amor que se siente cuando ves a tus hijos correr, jugar.
El amor que trasmiten otras personas con su plática.
El amor que se siente, cuando compartes con otras personas su sufrimiento y sus alegrías.
El amor que nace de la compasión a otros, cuando ves sus llagas y las sientes como tuyas propias.
El amor que sientes cuando ves el dolor de otros y quieres curarlo con tus propias manos y tus propios besos.

Todo ése amor no podía verlo. Sus ojos estaban cerrados a él. Ella sólo veía su propio dolor, pero no percibía que la podredumbre que veía através de sus ojos en los demás, era su propia podredumbre.

En ésta torre de marfil, llena de mentiras, nació una pequeña rosa. Una rosa tierna, una rosa blanca. Tan blanca que su sólo brillo deslumbraba a su madre.
¿Cómo era posible que hubiera una flor así y que hubiera nacido de ella?

Empezó a percibir la belleza del amor y su brillo la cegó. Se emborrachó con tal belleza y si antes encerraba a sus hijos para preservarlos de la podredumbre del mundo; ahora encerraba a su rosa como un tesoro que nadie podía ver, porque no eran dignos de él.

Esta rosa creció entonces encerrada en un mundo de mentiras, en un mundo en el que no entraba el dolor, en el que no tenía cabida la compasión. Y su corazón se fué llenando de vanidad, se fué llenando de egolatría porque era el tesoro de su madre.

Se convirtió en un alma perdida. Perdida al amor verdadero, perdida al mundo que Dios creó. Un mundo de amor compartido, de compasión compartida, de misericordia.

Y crece en su propio bosque, cubierta de enredaderas. Cada día que pasa, el camino a su torre de marfil se llena más de maleza.
Espera tal vez a su príncipe azul que con su espada deslumbrante, derribe la maleza y la rescate de su torre.
Vive en un mundo de sueño, porque fué el mundo que su madre creó para ella.

No se da cuenta que el principe azul que ella espera no existe, que la maleza que siente la cubre, no es otra cosa que su propia vanidad, que solo el amor verdadero de Dios la puede sacar de su torre.

Que el mundo de los sueños es sólo para aquellos que tienen el alma limpia e inocente.
¨Dios remueva las enredaderas que cubren su alma y Su luz ilumine las tinieblas de su corazón.¨-es la oración diaria de una madre que se ha dado cuenta del error que cometió.

Esta oración repetida una y otra y otra vez, es escuchada por un ángel, pero es tan inexperto que no sabe qué hacer.

Dentro de sus quehaceres no está el ayudar a los seres humanos; su función es únicamente obedecer las órdenes del ángel mayor.

Y pasa un día.... y escucha las oraciones de la madre.
Y pasa otro día.... y sigue escuchándolas... Cada vez más doloridas y cada vez más urgentes.

Se pregunta cómo es posible que nadie más que él escuche ésas oraciones. ¿Es que ningún otro ángel lo hace?
Voltea a ver a cada uno de los que lo rodean y no parecen notar nada extraño.

Finalmente un día, no pudiendo soportar más el dolor de la madre, pregunta al ángel mayor si no oye nada.

Le responde que no. Le comenta que cada día desde hace mucho tiempo, una madre ora por su hija perdida en el bosque.
El ángel le dice que él no oye nada.

Desesperado, decide hacer algo que nunca antes se le hubiera ocurrido: salir del cielo e ir a ayudar a la mujer que clama.

Al llegar, la madre respira tranquila. Al fin sus oraciones han sido escuchadas. Al fin alguien va a ayudarla con su problema.

El ángel inexperto le pregunta en qué puede ayudarla. Ella le dice que su hija está perdida en el bosque, que ella la ve todos los días perdida y que no puede hacer nada.

¿Perdida?-pregunta asombrado el ángel- ¿Cómo es posible éso si tú sabes en dónde está?

¡Es cierto!!!-responde asombrada la mujer-Tienes razón, ¿cómo no pude verlo antes? No está perdida, puesto que yo sé en dónde está.
Lo único que necesito hacer entonces es ir por ella, ¿verdad?

Supongo que éso es correcto- contesta el inexperto ángel.

Si me acompañas, iré por ella-contesta envalentonada la mujer.
Y al estar hablando, avanza decidida a tirar todo que haya que tirar para llegar adonde su hija se encuentra.

A su paso, cada enredadera cae; cada maleza desaparece. Ella se da cuenta y sabe que es el ángel quien va derrumbando todos los obstáculos.

Finalmente, llega hasta la torre de su hija. La puerta se abre. Ella sabe que es el ángel quien la abrió.

Al llegar hasta su hija, la abraza alegre por poderla rescatar. Le dice que un ángel la ha acompañado, la ha auxiliado para rescatarla.
Al voltear para presentarlo a su hija, nota que el ángel no se encuentra a su lado.

Ha sido su amor el que ha derrumbado cada maleza, cada enredadera; el que ha abierto la puerta. Y todo, sin necesidad de sacar ninguna espada, ni arrancar con sus manos nada.
La fuerza de su amor es tanta, que nada puede oponerse a él.

Al regresar junto al éngel inexperto, le cuentan lo sucedido. El a su vez, les comenta que al intentar ir tras ella, las enredaderas se lo impidieron y tuvo que esperar, preocupado siempre por ellas.

Maravillados, no entienden nada de lo sucedido, aunque están felices todos.
Una luz radiante que se acerca a su lado llama su atención. Es el ángel en jefe del angelito. Este con todo su valor, pensando que va a ser castigado o reprendido, se adelanta a su encuentro.

-Sé que no hice lo correcto al venir sin permiso... simplemente no pude esperar más, oyendo las oraciones tan vehementes de ésta madre. Lo lamento.

-Haces bien en lamentarlo, pequeño- contesta el ángel en jefe.-Sin embargo, hiciste lo que debías hacer... ¿Crees que si no hubiera deseado que auxiliaras a éstas mujeres, te hubiera permitido dejar el cielo?
Esperaba simplemente que tomaras la mejor decisión... Y la tomaste!!!

Felicidades.... has ganado el honor de ser Angel protector!!!

De ésta manera, queda demostrado que el amor de una madre puede derribar cualquier barrera que se ponga enfrente.
Y que el amor de Dios reflejado en sus ángeles es tan inmenso que cada pieza en el tablero toma finalmente su lugar.

Dulces sueños.


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